Treinta días después de la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, Venezuela vive un clima de incertidumbre, temor y expectativa, mientras la población intenta asimilar un abrupto cambio de gobierno que ha alterado el equilibrio político, económico y social del país.
La detención de Maduro y de la primera dama Cilia Flores, anunciada por el presidente estadounidense Donald Trump el 3 de enero, provocó el colapso de varios pilares del chavismo y dejó a la ciudadanía dividida entre la esperanza de mejoras económicas y el miedo a una nueva escalada de represión o incluso a otro ataque militar.
En Caracas, donde persisten grafitis y vallas oficiales exigiendo la liberación de Maduro, muchos ciudadanos dudan del margen de autonomía de la presidenta encargada Delcy Rodríguez y se preguntan si su gobierno representa un verdadero quiebre o una continuidad del modelo anterior. Entre las principales inquietudes figuran la promesa de un aumento salarial y el futuro del control estatal sobre los recursos estratégicos.
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“Es un cambio importante, ciertamente, pero todo está igual”, expresó Julio Castillo, un jubilado de 74 años, reflejando el escepticismo de parte de la población.
Desde el oficialismo, la captura de Maduro es calificada como un secuestro, y Rodríguez ha prometido luchar por su liberación. No obstante, el discurso del Partido Socialista Unido de Venezuela ha virado de la confrontación directa con Washington a un reconocimiento de su inferioridad militar y la necesidad de redefinir la relación bilateral.
“El Estado venezolano está actuando bajo coerción”, afirmó José Vivens, juez de paz y seguidor de Maduro, al justificar la decisión del nuevo gobierno de permitir que Estados Unidos supervise los ingresos del petróleo, principal motor económico del país.
Rodríguez ha insistido públicamente en que su administración gobierna con independencia, aunque ha reconocido una agenda común con Washington. En ese contexto, impulsó y promulgó una reforma de la ley energética que abre el sector petrolero a la privatización, una medida que rompe con uno de los fundamentos históricos del chavismo.
“El pueblo de Venezuela no acepta órdenes de ningún factor externo”, aseguró Rodríguez durante un encuentro con ejecutivos del sector energético, pese a que la reforma se produjo tras el anuncio de Trump de que su administración asumiría el control de las exportaciones petroleras venezolanas.
En la oposición, la decisión de Estados Unidos de respaldar a Rodríguez y no a la líder opositora y Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, ha generado desconcierto. Aun así, sectores opositores han comenzado a reaparecer públicamente, mientras familiares de presos políticos mantienen vigilias frente a centros de detención.
“Un acuerdo petrolero con una dictadura encabezada por Delcy Rodríguez sería la continuidad del autoritarismo”, advirtió el dirigente opositor Andrés Velásquez, tras salir de la clandestinidad.
Pese a algunos gestos de apertura, el miedo a la represión persiste. Muchos ciudadanos evitan hablar de política, se autocensuran en redes sociales y temen expresar opiniones incluso en conversaciones privadas. No se han producido manifestaciones masivas ni celebraciones públicas por la captura de Maduro.
El temor también se refleja en la vida cotidiana. Familias como la de Margaret García, maestra caraqueña, relatan el impacto psicológico del operativo militar. “Pensamos que nos íbamos a morir”, recordó sobre la noche en que helicópteros sobrevolaron su edificio durante la operación.
Aunque el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, aseguró que Washington no contempla nuevas acciones militares, muchos venezolanos temen un segundo ataque si el gobierno interino no cumple las expectativas de la Casa Blanca.
En lo económico, la población mantiene la esperanza de mejoras largamente postergadas. Los trabajadores públicos sobreviven con ingresos cercanos a los 160 dólares mensuales, mientras el salario mínimo, congelado desde 2022, equivale a apenas 0,35 dólares al mes, muy por debajo del umbral de pobreza extrema establecido por la ONU.
“Un momento negativo nos ha traído cosas positivas”, afirmó García, reflejando el sentir de quienes, entre el miedo y la esperanza, esperan que el nuevo escenario político permita finalmente una recuperación económica sostenida.


