“Éramos cuatro, y solo sobrevivimos tres”: la dramática historia de Jaily frente al cáncer – N Digital
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“Éramos cuatro, y solo sobrevivimos tres”: la dramática historia de Jaily frente al cáncer

“Yo pensaba que me iba a quedar así para toda la vida”, dice Jaily Montero, bajando la mirada. “Cuando me canalizaban el brazo, se me dormía y no sentía fuerza. Solo quería ir a mi casa a ver a mi papá y a mis hermanos”, dice al recordar sus quimioterapias.

Jaily apenas tenía ocho años cuando le dijeron que tenía leucemia. En ese momento, no entendía del todo lo que pasaba. Todo estaba nublado en su pequeña mente. Lo único que sabía era que su cuerpo había cambiado. Y eso se notaba. Se le había caído el cabello. Se le veía distinto: estaba pálido. Sus compañeros de escuela pensaban que eran sus padres quienes lo recortaban así. Algunos se burlaban. Él no les explicaba. No sabía cómo. Estaba confundido, mientras una pregunta daba vueltas en su cabecita: «¿Por qué a mí?»

En el hospital hizo amigos. Jugaban, compartían. A veces, en una misma sala, había cuatro niños. Hoy, solo quedan tres. Una de ellos fue llevada a Estados Unidos. Después, llegó la mala noticia de que había fallecido. “Me sentí muy triste, pero todavía nos vemos con los demás, cuando hay cita. No siempre, pero a veces hablamos”, dice Jaily, con voz suave.

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El inicio: “Yo lo notaba raro”

Todo empezó cuando Samira Vicente, su madre, notó que Jaily llegaba diferente de la escuela. Estaba fatigado y tomaba mucha agua. Dormía frunciendo el rostro, algo que nunca había hecho antes. Además, tenía inflamada una parte del cuello. Ella pensó que podía ser algo sencillo, tal vez parotiditis, así que lo llevó a dermatología.

Le hicieron analíticas y una tomografía de cuello. Cuando volvieron con los resultados, no había citas disponibles. Pero la madre insistió, pidiéndole a uno de los médicos que los viera, aunque no fuera pediatra. El doctor aceptó. Y lo que vio en los exámenes lo llevó a referir a Jaily urgentemente con una pediatra.

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La doctora, al revisar los datos, hizo muchas preguntas: enfermedades previas, antecedentes en la familia. Samira respondió que no, que nadie en su familia sufría de nada parecido. Fueron referidos a la especialista Reyes, en el Incart.

La noticia: “Me pidieron que llamara a su papá y a sus hermanos”

Cuando llegaron a esa nueva consulta, se encontraron con las doctoras Reyes y Gómez, quienes le pidieron a la madre que no viniera sola la próxima vez. Además, le dijeron que llamara al padre y a los hermanos del niño.

Samira empezó a preocuparse. “Me llevaron a psicología”, recuerda. “Cuando estábamos todos, la doctora Gómez nos explicó que había posibilidad de que Jaily tuviera leucemia”. No lo confirmaron de inmediato: solo le tomaron una muestra para enviarla a Estados Unidos. Ese mismo día, el niño fue ingresado.

«Yo pensaba que iba a morir»

Aunque tenían un seguro subsidiado (Senasa), al principio no cubría el tratamiento porque aún no había confirmación del diagnóstico. Por suerte, una fundación intervino y proporcionó la quimioterapia inicial, mientras llegaban los resultados desde el exterior.

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Samira no se culpó, ni se resignó. Tenía que luchar hasta vencer. Ella siempre había estado atenta a su hijo, desde el embarazo. Pero nada la preparó para la batalla que libraría junto a su hijo. “Él estaba muy decaído. A veces no comía nada. Le ponían sangre, plaquetas. Se ponía amarillo. Yo pensaba que iba a morir”. Aun así, no perdió la fe: “Lloraba, sí, pero siempre le pedía a Dios. Y los doctores también me daban esperanza. Aquí no te tratan como un número, sino como familia”.

Luchando por la vida

La rutina en el hospital se volvió parte de la vida de Jaily. Unos días eran de juegos y otros, de pinchazos. “A veces me ingresaban por tres días; otras veces, por catorce”, recuerda. “Me dolía mucho. Me pinchaban por la espalda. También veía a otros niños llorar. Me dolía verlos así”.

Cuando sentía que ya no podía más, pensaba en su casa, añoraba el calor de su familia. Quería volver a su cama, ser el de antes. “Yo pensaba que me iba a quedar así, para siempre. Pero gracias a Dios no fue así”.

El equipo médico del Incart (enfermeras, pediatras, psicólogas) estuvo de lleno en el proceso. Le dieron apoyo en los días más tristes y oscuros. Samira recuerda que en una de las citas, cuando los resultados confirmaron que Jaily no tenía marcadores de alto riesgo, todos en la sala celebraron. “Fue una felicidad, me sentí viva otra vez”.

A pesar de esa felicidad momentánea, la madre guarda recuerdos dolorosos y, también, agradece el acompañamiento. Se siente agradecida con Dios, por la nueva oportunidad que le dio a su hijo. Dice que el momento más duro era cuando lo ingresaban y lo veía decaído, sin fuerzas. Aun así, nunca dejó de creer que Jaily tendría las fuerzas para levantarse. Y vio el milagro.

Jaily todavía se pregunta por qué le pasó. Aunque no tiene la respuesta, sabe que no está solo y que ahora puede contar su experiencia. Y está consciente de que, al sobrevivir, se ha convertido en una fuente de inspiración para otros. Su historia puede levantar a los desanimados y dar esperanza a los pesimistas. Samira, esa madre abnegada y heroica, tiene un mensaje claro para las familias que enfrentan el cáncer infantil: “Que no se rindan, que busquen ayuda. Dios lo puede todo y después de Dios, los médicos. Y su familia, porque hay que ser fuertes”. Su hijo puede contarlo. Y decir que se puede, porque como él, otros también pueden tocar la campana de la esperanza y convertirse en campeones.

 

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