Puerto Príncipe.- Marisela Silva Chau, jefa de la delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja, dice que Haití ya no es solo un Estado fallido, sino que se ha convertido en un territorio donde la supervivencia es un acto de resistencia cotidiana frente a una violencia que no da tregua.
El deterioro ha sido vertiginoso. Si en enero de 2024 se contabilizaban alrededor de 300,000 desplazados internos, para abril de 2026 la cifra alcanza ya los 1,4 millones de personas que vagan por un país donde los refugios son tan escasos como la esperanza.
“Las cifras que emergen de la isla son el eco del colapso, más de seis millones de personas, más de la mitad de la población nacional, requieren asistencia humanitaria urgente para no sucumbir al hambre, las enfermedades o las balas”, dijo Silva.
La jefa de la delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja en el país, hace una radiografía que estremece por su crudeza: “Observamos a una población al límite, con una situación humanitaria crítica, sin acceso a servicios esenciales”.
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“Observamos a una población sin acceso a servicios esenciales, como la atención a salud básica, el acceso a agua segura. Con una crisis también alimentaria que puede ser comparada con las que ocurren en regiones afectadas por situaciones de violencia armada prolongada. Y con una serie de preocupaciones de protección, de restricción de movimiento, de exposición al riesgo de ser herido o muerto por encontrarse en fuego cruzado, situaciones de violencia sexual”, detalló.

La crisis actual no es un evento fortuito, sino el resultado de una espiral de violencia armada que se exacerbó en 2020. Según el análisis del Comité Internacional de la Cruz Roja, Haití ha atravesado dos grandes periodos de conflicto reciente.
El primero, entre junio de 2020 y enero de 2024, estuvo marcado por enfrentamientos de alta intensidad entre grupos rivales en enclaves estratégicos de la capital, como Cité Soleil, Bel Air y Martissant. Sin embargo, el punto de inflexión definitivo ocurrió el 29 de febrero de 2024, cuando antiguos rivales se unieron bajo la coalición Viv Ansanm para lanzar ataques coordinados contra las estructuras del Estado, la Policía, las Fuerzas Armadas y las misiones internacionales de seguridad.
Esta alianza criminal ha logrado controlar el 85 % de Puerto Príncipe, la capital.
El horror ya no se limita a la capital. La violencia se ha extendido hacia el norte, al departamento de Artibonito, y hacia el centro, en Mirebalais.
Hace apenas unas semanas, una masacre en zonas rurales dejó un saldo de 70 personas muertas, confirmando que la red de grupos armados que desafía al Gobierno ha convertido gran parte del país en un tablero de guerra.
El sistema sanitario ha sufrido un colapso casi total, solo el 30 % de las estructuras de salud en todo el país permanecen funcionales. El 70 % restante ha cesado operaciones entre 2020 y 2026 debido a la falta de garantías de seguridad para el personal y los pacientes.
El trabajo de las organizaciones humanitarias se ha transformado en una labor de medicina de guerra. El Comité Internacional de la Cruz Roja ha tenido que implementar una estrategia de cuatro niveles para intentar contener la crisis.
Primero, mediante la formación de agentes comunitarios en primeros auxilios prehospitalarios, una intervención que suele ser la única diferencia entre la vida y la muerte para los heridos de bala que no pueden llegar a un hospital.
En un segundo nivel, el apoyo a los servicios de ambulancia, tanto del Centro de Ambulancias Nacional como de la Cruz Roja Haitiana, es vital para trasladar a los pacientes a través de zonas en conflicto.
Actualmente, solo diez estructuras de salud en la capital reciben apoyo directo con insumos médicos especializados para atender heridos por armas de fuego. Entre ellas destaca el Hospital Universitario de la Paz, el único gran centro público que aún resiste el embate de la crisis.
Incluso para el personal médico, el simple hecho de desplazarse desde su casa hasta el centro de salud es un acto de heroísmo, comenta Silva Chau. Atraviesan fronteras invisibles controladas por bandas o autoridades, a menudo enfrentando situaciones de violencia que llegan hasta las mismas puertas de los hospitales.
Esta presión psicológica es tan devastadora que el Comité Internacional de la Cruz Roja ha tenido que desplegar programas de apoyo psicosocial de urgencia para los propios operadores de salud, quienes ven cómo sus herramientas de trabajo son insuficientes ante la magnitud de la tragedia.
“Mantenemos un diálogo con todos los actores armados para intentar modificar comportamientos. Esto toma tiempo, por supuesto, pero es el primer gran objetivo del CICR, plantear que la población debe de ser preservada, debe de ser protegida, apartada del impacto de la violencia armada”, explica Silva Chau.


